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lunes, octubre 02, 2006

Mail no publicado... (24-09-2006)


bocatas en la experiencia...

Hola: ayer murió mi tía Charo, la abuela de mis primos. Tenía 88 años y su vida podemos decir que ha sido plena: ha tenido 11 hijos, una familia que le ha querido mucho, y sobre todo, una fe grande. Sus hijos han recibido la fe de su madre, pero como les ha sucedido a tantos de su generación, esa educación cristiana se ha difuminado a lo largo de sus vidas, hasta prácticamente desaparecer. Como mucho, la han mantenido mientras sus hijos eran pequeños por eso de darles una educación cristiana, pero cuando han crecido al haber vivido la Iglesia como un mero formalismo lógicamente la han abandonado. Hoy era la misa, y yo pensaba que iba a ser en una iglesia, pero no, era en su casa de cuerpo presente. Estábamos todos: sus hijos y maridos/esposas, los hijos de éstos (mis primos) y algunos parientes un poco más lejanos como yo. Ha sido una misa bonita, porque eran hijos que querían a su madre (y no como en las típicas bodas que sólo falta sacarse el piti y ponerse a fumar), muy familiar. Yo observaba, y al mirarles uno a uno (a la mayoría les conozco bien) pensaba en sus vidas, en los años que llevan viviendo (gente de 45-55 años), unos han tenido la vida más fácil (aparentemente felices, vida cómoda), otros más jodida (separaciones, etc). Pero en definitiva, de una u otra forma, prácticamente todos han renunciado a Cristo, han renunciado al vértigo de preguntarse cada día qué hacemos aquí, de querer vivir con plenitud, ya que acomodados han descubierto que se sobrevive. Esto es lo que me venía a la cabeza al mirarles. Pero han hecho dos cantos: en la comunión y en la salida. Sublimes, de una belleza conmovedora. Os lo juro: su rostro y su expresión eran como una añoranza de querer volver a aferrar la promesa que encerraba la educación que les había dado su madre, y a la que un día renunciaron, y también sus hijos, porque aunque aparentemente de forma cristiana, no les podían educar en algo a lo que ellos habían renunciado hacía tiempo. Y yo pensaba: el día que muera mi madre no quiero que al mirarla en su lecho de muerte y pensar en las mil preguntas que me surgirán, me entre una añoranza por haber renunciado en vida a Cristo. Por eso pienso que hacer la salida de Bocatas merece la pena por esto: para afirmar de nuevo que en este lugar uno no renuncia al deseo que nunca es saciado. Un saludo

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